¿Con qué juegan nuestros hijos?

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A la era actual podríamos denominarla también época de los “cachivaches”. Está en la naturaleza del proceso industrial el fabricar muchas cosas listas para el consumo que puedan utilizarse inmediatamente para una finalidad concreta y que no han de durar mucho tiempo.

En la naturaleza del niño está el cansarse pronto de un juguete especializado y que sólo se le pueda usar para un fin determinado. Expondremos un ejemplo práctico . Tres niños de siete, diez y doce años de edad se vieron trasladados por la circunstancias a un lugar en el que tenían escasez de juguetes y de amigos, pero mucho sitio para jugar al aire libre. Cuando se cansaron de los juguetes que habían llevado, empezaron a instalar una tienda de comestibles.

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Un cobertizo destartalado se convirtió en el local de la tienda, dos tablones y una mesa a la que le faltaba una pata servían de mostrador, piedras grandes redondas eran panes, piedras pequeñas alubias y lentejas, unos tarros de conservas que encontraron con las etiquetas pegadas fueron colocados en hilera y utilizados como recipientes para los productos, diferentes clases de hojas se vendían como lechuga y espinaca, compraban con trozos de papel escrito que hacía las veces del dinero.

Otro establecimiento, una peluquería para señoras, quedó instalado en un viejo invernadero. Además, se sucedía una variación de juegos que se turnaban continuamente: el escondite, la queda, juegos de pelota; también los adultos jugaban. Los niños se oponían a hacer excursiones; querían quedarse y jugar.

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Sin lugar a dudas, fue precisamente la falta de juguetes lo que estimuló considerablemente su imaginación.
Digámoslo sin rodeos, aunque los fabricantes de juguetes se sientan perjudicados: para la capacidad de imaginación de los niños más pequeños lo mejor sería que creciesen en un ambiente en el que los únicos juguetes que tuviesen a su alcance fuesen barquitos de corteza de árbol o muñecas primitivas hechas a mano de madera o de trapo y lana.

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Pero un principio educacional que tenga esto en cuenta parece ser una utopía en un país industrializado. Todos los padres que quieran seguirlo, pronto verían sus planes sistemáticamente entorpecidos por la sincera y buena intención de los cariñosos abuelos, tíos, tías, primas y amigos; pues estos traen a los niños por lo menos juguetes de plástico; y los compañeros de juego que poseen más cosas gozan enseñando con orgullo los trastos que les acaban de regalar.

Por eso es importante que los padres les regalen también de vez en cuando algunos juguetes elegidos cuidadosamente que sean resistentes y que pongan pocas trabas a la fantasía.

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Fuente del artículo, web de la Escuela Waldorf “Cuarto Creciente” de Argentina.

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